Roles de Equipo

Los comienzos nunca fueron fáciles. Primeras jornadas disputadas, muchas decisiones ya tomadas, victorias,
derrotas, jugadores que han disputado muchos menos minutos de los esperados, segundas porteras que todavía no han pisado el verde y muchas emociones a flor de piel. Enfados que son muy útiles bien gestionados, lágrimas por no poder participar y preocupación por lo que vendrá.

¿Cómo gestionamos entonces todo este cúmulo de emociones sin disputar ni un minuto? ¿Cómo logra un entrenador o entrenadora tener a los 23 jugadores totalmente “enchufados”? ¿Cómo atender a los intereses
de todos, pero primar los del equipo? Muchas incógnitas por resolver y cada fin de semana un quebradero de cabeza para el que toma las decisiones y nuevas desilusiones para los que tienen un asiento reservado en el banquillo e incluso en la grada.

Pero tranquilos, jugadores de banquillo y entrenadores, hay una oportunidad.

Empecemos por el principio, ese momento en verano cuando el cuerpo técnico empieza a constituir su plantilla: nuevas incorporaciones, veteranos en camino de la retirada, jugadores jóvenes que suben del filial con mucha calidad y poca experiencia. En definitiva, mucho que organizar. En este punto ya debemos comenzar a trabajar y clarificar los roles.

Y, ¿qué es esto de los roles? Básicamente, es el conjunto de comportamientos que esperamos de cada uno de los miembros del equipo. Por supuesto, no conoceremos cómo encajan las piezas y muchos ni siquiera sabréis qué jugadores tendréis, pero en el momento que todo empiece a rodar debemos clarificarlo. Reuniones individuales con todos los jugadores, también con los menos habituales porque necesitamos que sigan al pie del cañón. Son los más
importantes porque serán esas voces que tirarán del equipo en todo momento.

En estas sesiones, debemos ser honestos y clarificar el rol. Si un jugador tiene difícil entrar en una convocatoria por su rendimiento, se lo diremos de forma asertiva, pero si mentimos y afirmamos lo que no podremos cumplir, estamos muertos en el vestuario.

El mensaje debe incluir de forma genérica cuál es su rol actual, aclarando que este rol es cambiante y los comportamientos concretos que debe tener en realidad. Por ejemplo, “como delantera cuando salgas de banquillo quiero que presiones en todas las ocasiones a sus centrales por la fatiga acumulada, para ello el calentamiento debe incluir ejercicios muy intensos y me gustaría que observases su pierna dominante para detectar el lado por el que saldrán”. De esta forma el jugador sale de nuestra charla con comportamientos concretos en los que debe focalizarse, donde podríamos añadir aspectos de entrenamiento. Por último, también debemos poner deberes y aspectos a mejorar en los que centrarse en los entrenamientos para acercarse más al rol que le gustaría (jugador titular, por ejemplo).

Y, ¿qué hay para los jugadores? ¿qué puedo hacer si no juego? “No queda otra que trabajar” dicen muchos. Y no les falta razón. En primer lugar, si tenéis la suerte de tener entrenadores formados en Psicología Deportiva, que conocen las herramientas de las que hablamos en esta sección y suelen aplicarlas, estáis de enhorabuena y todo será más fácil. Si no es así, ahora sí os toca trabajar. Si el entrenador no me da objetivos concretos, no es honesto o no soy capaz de entenderle, debo proponerme mis propios objetivos de rendimiento. Focalizarme en lo que depende de mí a través de comportamientos, teniendo como objetivo final mejorar, lo cual, sin duda, me acercará más a la
oportunidad de disputar todos los minutos deseados.

No controlamos las situaciones, los resultados, ni siquiera jugar o no. Tener comportamientos concretos y así transmitírselo a los jugadores será básico para tener “enchufados” a los 23.

 

*Este artículo ha sido publicado íntegramente en la revista de la FFCM.

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